Al atardecer de aquel mismo día, el día de la Resurrección, los discípulos estaban reunidos en una casa con las puertas cerradas porque tenían miedo. De repente, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: “Paz a vosotros”. Ellos se llenaron de alegría al verlo, porque era realmente Jesús.
Jesús les enseñó sus manos y su costado, para que vieran que era Él, y volvió a decirles: “Paz a vosotros”. Después sopló sobre ellos y les dio el Espíritu Santo, enviándolos a continuar su misión.
Pero uno de los discípulos, Tomás, no estaba con ellos cuando Jesús apareció. Cuando los demás le contaron que habían visto al Señor, él no lo creyó. Dijo que solo creería si podía ver y tocar las heridas de Jesús.
Ocho días después, estaban otra vez reunidos, y esta vez Tomás estaba con ellos. Jesús volvió a aparecer, con las puertas cerradas, y dijo: “Paz a vosotros”. Luego se dirigió a Tomás y le dijo que tocara sus heridas y que no dudara, sino que creyera.
Entonces Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo que ahora creía porque había visto, pero que son felices los que creen sin haber visto.
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